Una etapa del tiempo político que se inició el 2016, caracterizado principalmente por el enfrentamiento entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo que pugnan por controlar los poderes del Estado, tuvo el 30 de septiembre (30S) un desenlace dramático con sabor a sainete a favor del presidente Vizcarra.
Aparentemente se ha disipado la amenaza de la vacancia presidencial, por lo menos en los siguientes 4 meses y quizá hasta el final del mandato constitucional que concluye el 28 de julio del 2021. Ahora tiene el poder suficiente para gobernar sin apremios. Sus ministros, por lo menos hasta febrero del 20, no distraerán sus tiempos en acudir a las comisiones congresales, por ejemplo.
Sabemos, y debemos recordar siempre, que el señor Vizcarra ni por asomo es de tendencia izquierdista; tampoco es ultraderechista; tal vez podría ser ubicado en el espacio de centro derecha con rasgos liberales. El botón de muestra es su alineamiento con reformas políticas ciertamente liberales, las que impuso con la espadita de la cuestión de confianza a un Congreso pusilánime dominado por la tendencia de ultra derecha con visos de fundamentalismo.
En este escenario, se debe abrir la siguiente etapa del tiempo político. Para esta etapa, se debiera proponer un programa mínimo, de transición a otra etapa que se definiría el 26 de enero, la misma que abriría otra hasta el 28 de julio del 21.
Para estas etapas deberían conformarse coaliciones políticas para enfrentar y derrotar definitivamente a la coalición ultra derechista conservadora, e incluso reaccionaria, que tiene en Fuerza Popular su principal agente político. También, los coaligados, digamos progresistas, debieran no solo distinguirse sino apartarse de las tendencias de ultra izquierda y sus satélites oficializados.
Más allá de la necesaria participación en los espacios electorales, o mejor aun utilizando estos espacios, en estos tiempos políticos de decisiones realizadoras debemos luchar por una nueva y superior República integrada por ciudadanos y no simples pobladores.
Aparentemente se ha disipado la amenaza de la vacancia presidencial, por lo menos en los siguientes 4 meses y quizá hasta el final del mandato constitucional que concluye el 28 de julio del 2021. Ahora tiene el poder suficiente para gobernar sin apremios. Sus ministros, por lo menos hasta febrero del 20, no distraerán sus tiempos en acudir a las comisiones congresales, por ejemplo.
Sabemos, y debemos recordar siempre, que el señor Vizcarra ni por asomo es de tendencia izquierdista; tampoco es ultraderechista; tal vez podría ser ubicado en el espacio de centro derecha con rasgos liberales. El botón de muestra es su alineamiento con reformas políticas ciertamente liberales, las que impuso con la espadita de la cuestión de confianza a un Congreso pusilánime dominado por la tendencia de ultra derecha con visos de fundamentalismo.
En este escenario, se debe abrir la siguiente etapa del tiempo político. Para esta etapa, se debiera proponer un programa mínimo, de transición a otra etapa que se definiría el 26 de enero, la misma que abriría otra hasta el 28 de julio del 21.
Para estas etapas deberían conformarse coaliciones políticas para enfrentar y derrotar definitivamente a la coalición ultra derechista conservadora, e incluso reaccionaria, que tiene en Fuerza Popular su principal agente político. También, los coaligados, digamos progresistas, debieran no solo distinguirse sino apartarse de las tendencias de ultra izquierda y sus satélites oficializados.
Más allá de la necesaria participación en los espacios electorales, o mejor aun utilizando estos espacios, en estos tiempos políticos de decisiones realizadoras debemos luchar por una nueva y superior República integrada por ciudadanos y no simples pobladores.

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